El eco artificial de tu respiración rebota en las páginas de mi libro. Esa calma inducida me permite alejarme momentáneamente de tu lado para sumergirme en los secretos de “La Tierra de las Mujeres”. Mis ojos se han acostumbrado a leer mientras te vigilo de soslayo y cuando nuestras miradas se encuentran, sé exactamente qué quieres, así que me siento al borde de tu cama, te retiro la mascarilla de oxígeno y escucho tu susurro viajero, fascinada y conmovida.

Hoy necesitabas volver a Guatemala, tu pasión Maya, y rebuscar en tu memoria el aroma de su café, la dulzura de su ron y su adictivo chocolate. Tus ojos marchitos brillan cuando paseas por las empedradas calles de La Antigua, joya colonial encajada entre volcanes y salpicada por impecables casas color pastel. El tiempo, siempre implacable, parece haberse congelado en esas casonas centenarias, quedándose dormido en sus patios ajardinados  y acariciando las coloristas artesanías, deteniéndose en una de las ciudades más hermosas de las Indias, que a pesar de erupciones, terremotos, tormentas de cenizas y flujos de lodo que la han hecho pedazos una y otra vez, sigue en pie, altiva y hermosa, convertida en Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

—Buenas tardes, Teresa, qué bien acompañada está! Aquí le traigo la merienda.

La enfermera interrumpe nuestro viaje, sin embargo tú sigues allí y mientras tragas la papilla de leche con galletas, lo que realmente saboreas son los tamales, los fríjoles volteados y las enchiladas.

—Ahora un sorbito de agua para hidratar y la dejo descansar.

Retomamos la escapada cuando amanece sobre el lago Atitlán, vigilado