Su mirada devoraba con ansiedad cada milímetro de esa calle sucia y polvorienta donde convergía toda la vida que latía bajo sus pies. Las pequeñas ventanas cerradas con celosías daban una perspectiva muy limitada del mundo que respiraba ahí abajo, por eso Saryu cambiaba de sala cada vez que le era posible. Se imaginaba caminando entre el gentío que invadía la ciudad mientras evitaba tropezar con las decenas de vacas sagradas que, conocedoras de la veneración de la que son objeto, campaban a sus anchas, sabiéndose diosas de la maternidad y fecundidad. Sin embargo, ella jamás formaría parte de esa multitud enloquecida de Jaipur. Saryu no era más que la sombra de una concubina tras una diminuta ventana de palacio obligada a escudriñar el mundo sin ser vista. Pero dentro de esa celda enorme, lujosa y asfixiante en la que vivía, Saryu había encontrado su motivo para existir. Él.

Lo esperaba cada minuto de cada día, pegada a esas angostas ventanas, mientras el tiempo se escurría entre sus dedos.

A veces su visita era suave, predecible, se dejaba sentir al atardecer acercándose a Saryu casi de puntillas, rodeándola con ternura y susurrándole al oído la imponente belleza de Sahib Harmandir, el Templo dorado de Amristar. Lugar de culto y peregrinación para los Shiks, donde el aroma del pan chapati recién horneado por voluntarios y el guiso de lentejas que se ofrece a sus visitantes, se mezcla con el cansancio de los peregrinos que se purifican en las aguas sagradas del estanque iluminado por los reflejos dorados del sol que se adormece sobre la cúpula del monasterio. Saryu cerraba los ojos y podía escuchar los kirtans, cánticos religiosos de los granthis, sacerdotes que se turnan para recitar versos del libro sagrado “Adi Granth”. Y al respirar la energía mística que emanaba de ese lugar maravilloso, Saryu lloraba, invadida por una emoción desconocida.

Otras veces entraba furioso, enloquecido, recorriendo los pasillos de palacio mientras aullaba desesperado y golpeaba las puertas y ventanas que encontraba a su paso. Esos días Saryu se entregaba a su dolor y dejaba que le enmarañara el cabello y le arrancara la ropa. Sabía que traía consigo la oscuridad de la pena convertida en llanto y se estremecía contemplando la silueta del Taj Mahal a través de su alma hecha girones.

Había veces que venía empapado de lluvia y su risa musical invadía el corazón de Saryu que podía oler la tierra mojada de la colina donde se levanta el Fuerte Rojo de Amber, apisonada por los elefantes que suben hasta el impresionante complejo palaciego de arenisca roja y mármol blanco.

Una noche llegó alborotado y buscó refugio en su piel. Saryu adivinó que regresaba de Benarés, ciudad santa donde empieza y acaba la vida, el principio y el final de todo. Y entendió…

La cogió de la mano y la guió entre la oscuridad de los estrechos pasillos, atravesando pasadizos y escaleras, hasta llegar a una pequeña puerta camuflada que daba a la parte alta de palacio. Saryu salió, cerró los ojos y dejó que la luna embrujara su alma.

Mientras caía al vacío, el viento la besó en los labios y Saryu, sonriendo, lo abrazó con fuerza.

Él la había visitado cada día, le había regalado los aromas, historias e imágenes de la India. El viento había sido el motivo de su existencia, y ahora por fin volaba libre junto a él.

Sara, viaje a India, Septiembre 2013